LG...MIL COSAS QUE CONTAR
martes, 8 de enero de 2013
UN MINUTO DE REFLEXIÓN
LA VIDA NOS DA MUCHAS ENSEÑANZAS, LAMENTABLEMENTE ESTO OCURRE A MEDIDA QUE VAMOS CAMINANDO EN EL SENDERO, Y EN ESTE LARGO CAMINO NOS ENCONTRAMOS CON MUCHAS PIEDRAS, BACHES EN FIN CADA OBSTÁCULO QUE NOS DA LA FORMACIÓN PARA PODER CRECER COMO SERES MADUROS... SIN EMBARGO LOS QUE YA HEMOS CAÍDO MUCHAS VECES TRATAMOS DE DAR UNA GUÍA PARA AQUELLOS QUE AUN NO SABEN QUE ES O MAS BIEN QUE PODRÍA SUCEDER EN ESE SENDERO TAN DIFÍCIL.... SIN EMBARGO ES UNA PENA QUE PARA MUCHOS NO LES IMPORTE O CREEN ERRÓNEAMENTE QUE SOMOS UNOS ENVIDIOSOS POR QUE ELLOS SON FELICES Y UNO NO LO ES..... PRECISAMENTE DE ESO SE TRATA LA FELICIDAD, ES UN ESPEJISMO QUE DURA HASTA CUANDO NUESTRO CORAZÓN LO PERMITE.... MUCHOS DIRÁN QUE ES PARA SIEMPRE, YO LES ASEGURO QUE NO ES ASÍ....POR QUE?... ES SENCILLO A MEDIDA QUE EL TIEMPO TRANSCURRE ESAS PIEDRAS ESTARÁN PRESENTE PERO ESTAS PUEDEN SER DE TODO TAMAÑO Y DEPENDE EL TAMAÑO ASÍ SERA TU CAÍDA Y EL DAÑO EN MUCHAS OCASIONES SERA IRREPARABLE... PODRÁN SEGUIR CAMINANDO JUNTOS, PERO EL SENTIMIENTO CAMBIA DE UNA U OTRA MANERA, YA NO ES LO MISMO.... MAS CON ESTO NO QUIERE DECIR QUE NO EXISTE LA FELICIDAD, RECORDEMOS QUE NO SOLO SE ES FELIZ CON UNA PAREJA, SI NO, EL CONJUNTO DE PEQUEÑAS COSAS QUE TE HACEN FELIZ UN HIJO, TUS PADRES EN FIN UNA SERIE DE MOMENTOS HERMOSOS QUE GUARDARAS EN TU CORAZÓN POR SIEMPRE...... ESTE ES UN MENSAJE DE LA REALIDAD, PERO SIGAMOS CAMINANDO, SUBIENDO Y BAJANDO HACIA UN FUTURO QUE SIEMPRE NOS ESPERA.... LES DESEO TODO LO MEJOR PERO NO ES MALO TENER EN CUENTA ESTE RELATO OK..... LG.
miércoles, 12 de septiembre de 2012
LAS EXTRAORDINARIAS HISTORIETAS DE ROSA POCAS CACHAS........ (HISTORIAS DE UN GRAN ESCRITOR)
HOMENAJE A LA MEMORIA DE MI PADRE ... UN GRAN ESCRITOR.... " CESAR AUGUSTO BARRIOS."
ESTOS SON SUS HISTORIAS, TRIUNFOS Y VIVENCIAS....
LAS EXTRAORDINARIAS
HISTORIETAS DE ROSA
POCAS CACHAS
Rosa Pocas
Cachas le decían en su pueblo a la pobre anciana que a sus setenta y pico de
años, poseía la estupenda habilidad de confeccionar flores artificiales que
tanto de lejos como de cerca, daban la impresión de ser verdaderas flores
naturales.
La anciana
tenía una forma maravillosa de comportarse con el vecindario de su barrio, lo
que la avalaba para ser querida y admirada por todos. Su verdadero nombre era
Rosa María del Tránsito Campo Verde, pero por las pocas cosas que vendía a
parte de sus flores, los insolentes muchachos le habían clavado el sobre nombre
de pocas cachas, sobre nombre que a ella le valía un bledo y seguía el rumbo de
su vida en forma normal, eso si, recordando de cuando en cuando los momentos
felices que compartió con su marido ahora ausente, transitando muy quedo por
los caminos luminosos de la eternidad.
En la
plenitud de sus treinta años, su compañero de vida fue un competente bachiller
en ciencias y letras, pero la falta de oportunidades en buenos trabajos, lo
obligó a quedarse como Inspector de Sanidad dirigiendo cuadrillas de mozos para
combatir una plaga de zancudos trasmisores del paludismo que por la poca
higiene practicada por sus habitantes, había invadido ferozmente al país allá
por la década de los años cuarenta, del ya famoso siglo XX.
Lucio Hermógenes Capa Negra era el nombre del
dinámico marido, y la mayor parte de su tiempo lo pasaba fuera de su hogar,
generalmente visitando pueblos afectados por la plaga dentro del territorio
nacional para combatirlos con efectivos insecticidas, lo que a su vez le daba
la oportunidad de conocer de cada uno de ellos su historia, modales y
costumbres de sus gentes e inclusive, la forma de pensar en torno tanto a
ideologías políticas como religiosas.
Capa Negra
tenía en mente redactar un libro en el cual se plasmara todas sus vivencias
realizadas en cada pueblo visitado, que a decir verdad, eran ya muchos. Y lo
quería redactar, porque consideraba que en su país se carecía de tal
información.
Todos los
días, al dinámico hombre, le revoloteaba en su cabeza el título de su obra, el
que realmente no estaba mal, pues pretendía nominarlo con el sugestivo nombre
de: Geografía Física, Económica y Política
de Cara Sucia, su país natal.
Prácticamente
Capa Negra no ganaba mucho en el cargo que desempeñaba, pues los sueldos que
pagaba el gobierno en las medianías del siglo XX eran sueldos de hambre pero
así y todo, le ayudaba a su mujer con la que había procreado un robusto varón
el cual, ahora en su vejez, era el que la sostenía económicamente al girarle
mensualmente desde el extranjero, lugar donde residía, la remesa familiar por
él asignada
Honestamente,
Rosa Pocas Cachas y Capa Negra fue una
pareja sin igual, se llevaban a las mil maravillas, la mujer muy hacendosa y el
marido muy responsable en la dirección de su hogar.
Un buen día,
con mucho sacrificio, logró la impresión de su libro y se llevó la grata
sorpresa, que a pesar de ser la primera edición, se vendió como pan caliente.
Ese libro
vino a ser un paliativo en la economía de Capa Negra, pues le subsanó
deficiencias transitorias en el flujo de sus ingresos y logró, con sus
magníficas ganancias, establecerle a su mujer un modesto taller de modas e
inclusive, una surtida floristería.
Rosa Pocas Cachas, en sus mejores años y en compañía de su marido fue
feliz, de eso no había duda, y le agradaba narrar a sus amigas que la visitaban
las experiencias adquiridas por éste en las peligrosas andanzas por aquellas
inhóspitas aldeas, valles, caseríos y pueblos de su querida patria, combatiendo
al terrible insecto trasmisor del mortal virus del paludismo
Pero una de
las narrativas que impactaron en el ánimo de Rosa, fue aquella que su marido le
contó con lujo de detalle y se circunscribía a un solo hecho inaudito en la
vida de un pobre hombre, que de criminal no tenía ni un pelo y sin embargo, por
los errores garrafales en la interpretación del Derecho Penal que realizan politiqueros
litigantes o famosos penalistas, hacen sucumbir al infierno a inocentes
individuos que jamás cometieron el delito atribuido o bien, llevar a las
puertas del cielo a pícaros más temibles que el mismísimo Lucifer.
Realmente
que la historia que le narró Capa Negra a su mujer fue una de esas, en la que
campeó la injusticia por no analizar a profundidad y a conciencia los hechos
consumados por cada uno de los jueces defensores nombrados de oficio, e involucrados de manera absoluta en el
mentado juicio.
Bien decían
nuestros antepasados con sus dichos famosos: Las apariencias engañan, no todo
lo que brilla es oro, el buey solo bien se lame, agua que no has de beber
déjala correr, no te creas de ojos llorosos ni de personas con dientes ralos ni
mucho menos, de zalamerías de mujeres bonitas y así por el estilo.
Y la verdad
fue que todo el significado de esos dichos, según Capa Negra, se pudo observar en
el injusto jurado que condenó a dieciséis largos años de cárcel a un pobre
carpintero conocido en su pueblo por magnánimo y servicial, como Anselmo Pies
Calientes.
La
mencionada historia, que con lujo de detalle aun sigue narrando Rosa, en el
ocaso de su sol, es la siguiente:
Anselmo era
un muchacho que frisaba más o menos entre veinticuatro a veintiséis años de
edad. Aurora, su mujer, una hermosa hembra que era un año menor que él, y a
decir la pura verdad, no le era del todo fiel pues le coqueteaba al señor
Comandante y al hijo del señor Alcalde con los cuales, se suponía, tenía
relaciones peligrosamente íntimas.
Menos mal, y
era el decir de las gentes curiosas que en todo están menos en misa, que el
engañado Anselmo a pesar de tener ya dos años de estar acompañado de la bella
Aurora, no había podido engendrarle un hijo a tan elegante fémina.
La verdad
era que a pesar de no tener descendencia, confiaba en ella y jamás sintió, ni
en broma, el cosquilleo terrorífico de los celos.
- ¡Vaya
mujercita más calenturienta! – decían todas las beatas del lugar, señalándola
como una vulgar mujerzuela.
Pero de todas esas señoronas que se la
llevaban de puritanas y que se daban el lujo de desacreditar desorbitadamente a
la elegante y hermosa mujer, de diez vejestorios no salía una sola que en su
juventud, no haya dado un tan solo barquinazo.
Pues bien, Anselmo era un hombre callado,
pasivo en extremo, sus amigos eran escogidos y jamás le contaba sus cuitas a
cualquier amigote pero eso sí, con sus compañeros de taller, mantenía muy
buenas relaciones sociales y laborales, era condescendiente y muy puntual y en
síntesis, muy apreciado por sus patrones.
Un día
sábado de mediados de diciembre, al medio día, fue invitado por algunos
compañeros suyos a libar un poco de licor en uno de los concurridos bares de la
ciudad. Sinceramente Anselmo era de aquellos hombres que muy pocas veces le
agradaba visitar esos lugares, prácticamente no era adicto al alcohol pero este
día, impulsado por el deseo de complacer a sus compañeros aceptó, en primer
lugar porque ya habían terminado sus labores semanales y segundo, porque ya se
presentía un preámbulo alegre de Nochebuena.
Entre broma
y broma, pláticas formales e informales,
copas tras copas y un ambiente saturado de humo de cigarrillo y zumo de alcohol
y la Sinfonola a todo volumen, el tiempo corrió inexorable y ninguno de los que
circundaban la mesa, amigos todos desde luego, se había percatado que el día le
había dado paso a la noche. En todos los relojes, se marcaban las nueve pos
meridiano.
De repente y
sorpresivamente con malas intenciones, un grotesco hombre un tanto ebrio y
amenazante dirigiéndose a la mesa donde se encontraba Anselmo compartiendo
alegremente con sus amigos, el atrevido visitante la arremetió con él
gritándole un sin fin de cosas.
-¡Imbécil!
Hombre mal nacido, como permites que a tu mujer te la manosee un pícaro ladrón
como el hijo del Alcalde. ¡Tened dignidad! – dijo dando un fuerte golpe en uno
de los filos de la mesa que hizo zarcear las copas, algunas llenas de licor,
para luego agregar – Yo, en lugar tuyo, ya lo hubiera mandado hecho pedazos a las
puertas del infierno.
Anselmo se
paró furibundo, sus labios temblaban de cólera y con la rapidez de un rayo,
tomó de la camisa al desbocado agresor y después de zarandearlo, le gritó:
-¡Pruébalo
desgraciado que mi mujer me engaña! Y si es verdad lo que dices, te lo aseguro,
que hoy mismo mato a su amante - y diciendo esto, lanzó al borracho
violentamente al suelo y de inmediato, sus amigos lo contuvieron para que no
fuera a cometer una total locura sin tener pruebas de lo mencionado por el
impertinente borracho desconocido.
La
intervención oportuna de sus amigos lograron en parte calmar su alterado estado
anímico, actitudes que lo hicieron reflexionar en torno a tan desquiciada forma
de actuar y retornar, luego, a su pasiva y acostumbrada manera de ser.
En ese
instante se dejó escuchar el trino de las guitarras de Los Diamantes entonando
luego, e impecablemente, la letra de la famosa canción “Usted”.
A partir de
ese momento su estadía con sus amigos ya no fue la misma, se mostraba inquieto
y desesperado por irse a su hogar, sin embargo se contuvo para evitar malos
entendidos y decidió, con acertada lógica, compartir con ellos un rato más.
El borracho
escandaloso ya había sido expulsado del lugar por el cantinero y la calma,
aparentemente, reinaba en el bullicioso lugar. No había, por lo tanto, motivo
de preocupación. El reloj de pared marcó las once de la noche y la hermosa luna
de diciembre, llegaba al cenit.
Sin embargo,
aquellas palabras dichas furiosamente por el borracho impertinente, no dejaron
de hacer mella en la estructura moral del buen hombre y de inmediato, era
lógico, recordó uno de los famosos dichos de su abuela:
-Hijo, no
olvides nunca que cuando el río suena es porque trae piedras, cuídate de
inmediato tomando precauciones.
Y con mucha
prudencia y sin demostrar impaciencia, se levantó de la mesa y se despidió
cortésmente de sus amigos. Estos no pusieron objeción en su retiro y Anselmo
partió para su casa un poco mareado por las muchas copas ingeridas y mordido,
no había la menor duda, por los implacables celos naturales que puede sentir,
desde luego, un hombre totalmente enamorado y después de haber escuchado tantos
improperios sobre su mujer.
Maquinalmente
caminó las cuadras de distancia que había de la Cantina a su casa, la que no era
más que un cuarto de apartamento de los muchos que componían un edificio que en
su conjunto formaban una pequeña ciudadela con el nombre de Mesón El Caracol.
Anselmo
llegó a su cuarto y lo encontró cerrado, la puerta estaba protegida por un mediano pero fuerte candado y al ver
acercarse al mesonero le preguntó:
-¡Señor!
¿Por casualidad no ha visto salir a mi señora?
-Si señor,
la vi salir como a las ocho de la noche, iba muy elegante ¿Por qué?
-No, mi
estimado amigo, no se preocupe, por nada.
-¡Ah! pero
una cosa me dijo la señora, se me olvidaba
.- ¿Qué
cosa? –preguntó Anselmo totalmente preocupado
-Que al
verlo llegar le entregara la llave del candado para que abriera y que no la
esperara, porque si quería regresaba y si no que se fuera al diablo – le dijo y
se marchó sin decir más palabras.
Aquella
brusca razón dejó anonadado al pobre Anselmo, quitó llave y penetró a su cuarto
invadido por un fuerte dolor de cabeza el cual lo hizo tumbarse en su catre
para quedar, en segundos, totalmente fondeado por los efectos del alcohol y por
el impacto emocional de la no esperada noticia.
Al día
siguiente, un tanto atolondrado por la no usual actitud tomada entre sus
compañeros de trabajo el día anterior, la insólita actuación de un borracho
impertinente y la brusca razón dejada por Aurora con el mesonero, lo
mantuvieron preocupado y pensativo
buscando una lógica respuesta a tan inauditas actuaciones.
En
esa meditación profunda estaba Anselmo, sentado en su cama y con la cara cubierta con
ambas manos cuando de pronto, al sonar el reloj de mesa para marcar las
ocho de la mañana, dos agentes policiales se hicieron presente en su cuarto
para indicarle:
-¿Es usted
don Anselmo Pies Calientes?
-Sí, yo soy
¿Por qué?
-Queremos
que nos acompañe, el señor Comandante desea hacerle algunas preguntas.
-¿Sobre qué?
– interrogó Anselmo.
-Lo
ignoramos – respondieron a secas ambos agentes e hicieron un breve tiempo para
dar lugar a que el sorprendido hombre se cambiara de vestimenta.
No hubo más
palabras, Anselmo cerró su cuarto, puso el candado y se dispuso acompañar a los
agentes. Por su mente no se le cruzó, Jamás, que ese sería el último día de
estar en el cuarto que alquilaba para vivir tranquilo con la bella Aurora, en el ya famoso y bullanguero mesón El Caracol.
Poco tiempo
después se supo que el señor comandante lo había detenido, acusándolo
formalmente de haber sido él el autor material en la muerte del hijo del señor
Alcalde, ocurrida en la noche del día anterior a su detención.
Transcurrido
casi un año de esos acontecimientos, se le hizo el juicio correspondiente. La
defensa no fue muy efectiva y la parte acusadora presentó pruebas contundentes
que lo condenaron a purgar la pena de dieciséis años por una muerte que
realmente no cometió.
Después de
la injusta condena, nadie supo del pobre Anselmo, ni su mujer Aurora, ni sus
pocos parientes que le quedaron después de fallecidos sus padres, ni mucho
menos sus amigos. Bien decían las abuelas:
-A la mujer,
a los parientes y a los amigos se conocen cuando uno está en la cárcel o en el
hospital, si llegan de visita es porque en realidad te aprecian y si no, pues
en verdad nunca te apreciaron.
Y así,
completamente olvidado por sus parientes, amigos y por su mujer, transcurrieron
los dieciséis años. Cuando salió de la cárcel contaba con cuarenta y dos años
de edad. Sin embargo no habían pasado los años así por que sí, los había
aprovechado al máximo, ya que en la prisión le habían enseñado varios oficios
con los cuales, él lo confirmaba, podría defenderse.
A pocos días
de haber salido de la cárcel, Anselmo se fue a un pupilaje y luego emprendió la
búsqueda de trabajo el que no le fue difícil encontrar, pues en el periódico
encontró un aviso en el cual la Dirección General de Sanidad solicitaba, a
hombres mayores de cuarenta años, sus servicios para formar cuadrillas de
trabajadores dispuestos a combatir plagas de zancudos diseminados en el
territorio nacional.
Anselmo se
presentó de inmediato a la oficina solicitante y tuvo la suerte de que lo
atendiera Lucio Hermógenes Capa Negra quien, a simple vista, congenió con el
modesto visitante y lo contrató para que formara parte de su escuadrón,
indicándole a su ves la fecha en que tendrían que realizar las venenosas
fumigaciones en el combate del mortal insecto, desde luego, después de
seleccionar al villorrio, aldea, cantón
o pueblo que estuviera mayormente afectado por la plaga.
Con ese
nombramiento, Anselmo se quitó de encima una enorme preocupación y reaccionando
como un hombre diferente, optimistamente exclamó:
-¡Bah! Al
diablo el pasado, mi vida comienza mañana y la tendré que reconstruir.
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Un día de
comienzos del verano, después de terminar las faenas de fumigación en casas y
casuchas de un poblado previamente seleccionado, Capa Negra invitó a Anselmo a
dar un paseo por el parque de ese lejano lugar con el objeto de conocer más de
su idiosincrasia. Y fue precisamente en ese lugar, cuando sentados en un banco
frente al kiosco para escuchar el concierto que en breves momentos ejecutaría
la banda regimental de acuerdo a su programa previamente elaborado de marchas y
valses, cuando una hermosa mujer aproximadamente de unos treinta o treinta y
cinco años de edad, se le acercó tímidamente para preguntarle:
-¡Señor! ¿Es
usted don Anselmo Pies Calientes?
-Si, yo soy
¿En que le puedo servir? – respondió muy sorprendido.
-¡Bueno!
Realmente en nada. Yo lo que quería era cerciorarme de su nombre para confirmar
que usted fue el marido de mi hermana.
-¿De su hermana?
-Si, de
Aurora
-¡Que
extraño! Yo nunca supe que Aurora tuviera hermana, ella jamás me lo dijo.
-Efectivamente,
nunca se lo dijo y ni siquiera se lo mencionó porque siempre se avergonzó de
nuestra familia.
-¿Y eso
porqué?
-Sencillamente
por vivir en un rancho pajizo, en lo mas recóndito de este poblado.
Sinceramente éramos muy pobres y a mi hermana le gustaba mucho el lujo y
aparentar lo que realmente no teníamos ¡Imagínese! A los quince años barajustó
de la casa y nadie supo de su paradero, mi padre ordenó no buscarla, él siempre
decía: Los que no quieran vivir en este rancho pueden irse, nadie los detiene,
su puerta está abierta.
-¿Era
numerosa la familia?
-¡Oh! si,
éramos cinco en total, tres hombres y dos hembras. Los hombres formaron su hogar
y se fueron, únicamente yo quedé con mis padres.
-Y ellos
¿Viven aun?
-Únicamente
mi madre, mi padre falleció hace mas o menos cinco o seis años, después de
enterarse de la muerte violenta que tuvo Aurora y de su participación en el
crimen de Ernesto, el hijo famoso del señor Alcalde que fungía como tal en
aquel tiempo y por el cual, ironías del destino, a usted lo condenaron, según
supimos, a que injustamente purgara la condena de dieciséis años de cárcel
¡Créame! Ese hecho nos conmovió a todos los de la familia pero tuvimos que
callarnos por temor a represalias, Aurora era la mujer del malvado comandante
al cual le temía casi todo el pueblo donde residían.
-¡Que! ¿Qué
dice? ¿Qué Aurora era la mujer del señor Comandante? -preguntó totalmente
sorprendido y luego exclamó- ¡Explíquese!
-Don
Anselmo, tenga calma – respondió la bella mujer con voz suave y muy bien
timbrada – por lo que veo usted fue un hombre ingenuo y confiado. La verdad
era, distinguido amigo, que Aurora jugaba con fuego, tenía dos amantes:
primeramente al hijo del señor Alcalde al que después engañó con el señor
Comandante, imagínese ahora que clase de mujer era – dijo, y cabizbaja continuó
con su narrativa:
-Lo cierto
es que mi pervertida hermana no quiso a ninguno de ustedes, prácticamente los
utilizó, lo que ella quería era que sus tres hombres le satisficieran su
insaciable ambición de lujo, todos sus desquiciados caprichos, sus
inescrupulosas coqueterías y eso, precisamente, la llevó a la tumba.
¡Pobrecita! Ella se lo buscó ¿Qué le parece?
-Pues
sinceramente me parece algo inconcebible de creer y me agradaría saber más de
esa triste historia. Recuerde que su hermana formó parte de mi vida y hasta
este momento ¡Créame! Yo sigo ignorando el motivo de mi arresto, mi larga
condena como un vulgar asesino en fin, tantas cosas. En cuanto a ella, pues
sencillamente y desde el día que salí de la cárcel, no se me ocurrió buscarla
ni mucho menos preguntar el lugar y con quien vive. En este instante se lo
digo: Aurora pertenece a mí pasado no me interesa en lo absoluto, la olvidé
totalmente dentro de mi cautiverio – dijo con una seguridad pasmosa y concluyó
– y ahora que usted me dice que es muerta pues la perdono y que descanse en
paz.
-Si don
Anselmo, después de todo lo que ha
sufrido usted tiene derecho a saber la
verdad; es justo, además, yo tuve la oportunidad de conocerla y estoy dispuesta
a contársela con lujo de detalle.
-Le
agradezco mucho – vaciló por breves segundos y luego preguntó - ¿Señora o
señorita?
-Señorita y
además me llamo Esther – respondió la humilde pero elegante mujer.
-Bien
Esther, entonces si usted lo cree conveniente, mucho me agradaría visitar su
casa para que me la narre mas detenidamente ¿Acepta?
Esther
aceptó, y después de indicarle la dirección de su hogar se despidió cortésmente
de Capa Negra y de Anselmo, en el preciso instante en que la banda iniciaba el
concierto con el rítmico compás del ya famoso paso doble, conocido con el
nombre de El Gato Montés.
El magnífico
atardecer de ese día viernes de verano estaba en su mayor esplendor; eran
exactamente las seis y treinta minutos de la tarde y la silueta de Esther, con
un lento caminar, se perdió en la lejanía.
La vida de
Anselmo, como subalterno de Capa Negra transcurrió en franca camaradería, pero
siempre dentro de los límites del respeto y la disciplina. Capa Negra tenia el
don de saberse comportar como Líder y no como Jefe.
Un buen día,
después de transcurrido dos meses de aquel encuentro casual con la bella
Esther, Capa Negra le preguntó:
-¡Oye!
Anselmo, desde hace varios días te noto un tanto alegre y optimista ¿Puedo
saber el cambio?
-Desde luego
mi jefe, figúrese como es la vida, hay momentos de tristeza, de dolor, de
angustia, de inseguridad y de repente, sin saber porque, todo cambia para luego
experimentar una trasmutación ideal, una quietud de espíritu un no se que
inexplicable que satisface.
-¡Hum!
Anselmo, se me antoja preguntarte: ¿No será Esther la que ha operado el milagro
de esa repentina transformación?
-Si, mi
jefe, usted no se ha equivocado, pues ambos y con el consentimiento de la
madre, una noble y sufrida anciana, hemos decidido contraer matrimonio en una
próxima fecha.
-Te
felicito, sinceramente te felicito, el destino si que te ha dado una magnífica
mujer pero bueno, ¿Y al fin supiste la realidad de tu tragedia?
-Desde
luego, Esther me la relató y quedé totalmente sorprendido. Sinceramente don
Hermógenes, nunca pensé que a mi bondad y a mi honestidad Aurora la haya
llamado tonterías y me condenó a sufrir dieciséis años de cárcel y yo,
sinceramente se lo digo, siempre creí en ella y jamás pensé en que me engañaba
y mucho menos en el daño que me causaría. Pero bien, no hay mal que por bien no
venga ¿Lo cree así, don Hermógenes?
-Claro
que lo creo, lo estoy mirando y eso es decir bastante; además, la realidad es,
mi estimado amigo, que del destino nadie huye, unas son de cal y otras son de
arena, tal el famoso dicho de nuestras abuelas – concluyó encendiendo un
aromático cigarrillo.
domingo, 26 de agosto de 2012
UN EXTRAÑO LUGAR PARA EL AMOR ......HISTORIAS DE UN GRAN ESCRITOR
HOMENAJE A LA MEMORIA DE MI PADRE ... UN GRAN ESCRITOR.... " CESAR AUGUSTO BARRIOS."
ESTOS SON SUS HISTORIAS, TRIUNFOS Y VIVENCIAS....
UN EXTRAÑO LUGAR
PARA EL AMOR
Atanasio Moto se despertó, aquella mañana
de junio, pensado en nuevas formas psicológicas que brindaran la oportunidad de
hacer de los minusválidos un ejército de niños capaces de valerse por si solos
y lo que fuese más atrevido, obligarlos a sacar de sus cabecitas pletóricas de
ilusiones el método más fácil para que, por milagro o sin milagro, pudieran
satisfacer el caminante anhelo de ser como los demás, como los otros niños que,
asidos de la mano del padre regañón o tolerante, caminen juguetones por las
bullangueras calles del pueblo al caer la tarde de los sábados o por las tibias
mañanas de los domingos alegres del verano.
Atanasio era un magnífico psicólogo, sin
título que lo acreditara como licenciado, pues por razones estrictamente
personales no había podido coronar su
carrera. Sin embargo, el grito de la ciencia lo había hecho poseedor dentro de
su corazón de un extraño lugar para el amor.
En un accidente de tránsito, no por ironías del
destino sino por la culpa irresponsable de los locos del volante, había perdido
a su esposa y su pequeño hijo de escasos
cuatro años, había quedado inválido.
De esto ya hacía tres años, pero el continuo
batallar para dejar en el Instituto de Rehabilitación, donde se encontraba
también su hijo, lo mejor de sus experiencias, había cicatrizado parte de la
herida sufrida por aquel doloroso momento trágico.
Ciertamente
Atanasio Moto había trabajado mucho el
día anterior a esa mañana de junio en que, porque no decirlo, mal despierto y
mal dormido amaneció pensando en nuevas formas de rehabilitación.
El Psicólogo se despertó antes de que el reloj
despertador sonara. Bostezó, hizo un arco con sus brazos, pero un leve y
persistente cansancio lo hizo tumbarse de nuevo en la cama.
El pequeño reloj despertador, sobre la
cercana mesita de noche, marcó las siete de la mañana pero la conjugación de
sueño y cansancio impidió que oyera el rítmico y sordo sonar de la pequeña
campanilla, producido por los siete livianos golpecillos.
Junio es así, frío y opaco, y lloviznas heladas
al amanecer obligan a quedarse un poco más bajo la sabrosura que produce
el calor de las sábanas y las colchas.
Con ese confort, Atanasio Moto experimentó un placentero reposo que en breves
segundos, estaba profundamente dormido.
De pronto, se sintió flotar en el espacio y la
silueta de un extraordinario lugar, muy
suavemente, se le fue clarificando ante su vista. Ahora era un terreno
circundado por arboles frutales, patriarcales abetos y pinos, cedros y caobas
muy bien dispuestos en ringla perfecta. Y la algarabía de los pájaros,
revoloteando entre el ramaje de aquellos robustos y muy bien cuidados arboles,
bañándose con el rocío de la mañana impregnado en el follaje e interpretando
sinfonías jamás escuchadas, saludaba con su ritmo a aquella bella aurora
vestida de blanco.
El lugar contaba con instalaciones
deportivas muy bien dispuestas, casetas de habitación adecuadamente amobladas y
al fondo se erguía un edificio, que más
bien parecía un palacio medioeval.
-¡Buenos días! Bonito día ¿ no cree? – Dijo una señora tras
de él desde una silla de ruedas donde se encontraba sentada. El psicólogo,
totalmente distraído, no sintió su llegada pero sí, oyó su voz.
Atanasio, ante aquella femenina voz,
volvió tras de si su cabeza y sorprendiéndose, no pudo articular palabra, sino
después de haberse recuperado del menudo susto.
-¡Ah! ¡Oh!
perdón, buenos días señora
-¿Te
asusté?
-No, claro
que no; es que estaba distraído admirando este bello lugar.
-Desde
luego, y un amanecer en un extraño lugar
¿No es así? – puntualizó la señora.
-Sí, así es – confirmó el interpelado y
dándose cuenta de inmediato que se encontraba muy lejos de sus lugares acostumbrados, sin vacilar preguntó:
-¿Dónde
estoy? ¿Qué lugar es este?
- Ten Calma, no té impacientes ni te preocupes
ven, acércate, ven – dijo la anciana extendiendo sus blanquecinas manos recién
bautizadas por el rocío de aquella
mañana de junio.
Atanasio Moto lentamente se acercó, tomó
las suaves manos ofrecidas y volvió a preguntar un tanto inquieto:
-¿Dónde
estoy?
El rostro de la anciana fulguró de alegría ante
la presencia del casual visitante que en aquel momento, se encontraba
totalmente extasiado; luego, una sonrisa
de satisfacción por tenerlo y ante los ojos del entusiasta psicólogo, brotó el
amor a la luz del verbo.
-En el país de los Minusválidos. En el
país donde el niño ignora la caridad y los sentimientos lastimeros de los seres
que dicen ser normales. En el país donde el presente de indicativo del verbo
hacer se sabe conjugar: Yo hago, Tú haces, Nosotros hacemos ¿Qué te parece? –
Terminó diciendo la anciana al par que hacía mover la liviana arquitectura de
la alúmina silla de ruedas.
-Estoy perplejo, mi distinguida señora,
sencillamente perplejo ante tanta cosa maravillosa construida con mucho amor,
lo que hace feliz a tanto niño
desvalido. Quiera Dios que todo esto se pueda construir en cualquier rincón de
la Tierra – musitó Atanasio.
-Desde luego que se puede, los terrícolas son entusiastas y muy capaces
de realizar cualquier cosa. Pero tienen un defecto, como es el de prometer
tantas cosas bajo el embrujo de su entusiasmo y luego, bueno, luego una llamarada de tusa y adiós entusiasmo. Es
necesario volverlos a motivar para que hagan realidad la cosa prometida, en
fin, son terrícolas.
El sol comenzaba a rasgar la neblina
mañanera y bajo un rayo de delgada luz, la anciana señora invitó:
-Ven, seguidme – indicó, manejando su
silla de ruedas por un curvilíneo camino pavimentado, circundado de rosas y
claveles. Se detuvo brevemente para luego ofrecer:
-Te mostraré el poder de la voluntad. La
creación desvalida, igualando a la misma creación en seres normales ¿ me
entiendes?
-Desde
luego que la entiendo, es usted extraordinaria ¿Qué más se puede decir?
-Nada,
acabas de decirlo todo, aunque en forma exagerada, pero bien, al fin y al cabo eres un magnífico
terrícola, te felicito
Siguieron caminado y se detuvieron frente
al palacio, y señalando su portón de formas barrocas con su brazo
derecho extendido, dijo:
-Vas a presenciar el milagro de la
psiquis. Abrase el portón ordenó, y como obedeciendo a su mandato, de inmediato
el portón se abrió.
Sorprendentemente, como por arte de
magia, ante los ojos de Atanasio apareció,
en aquellos amplios corredores, un mundo de niños alegres y juguetones, ajeno
al dolor físico; podría decirse, una comunidad sin prejuicios, totalmente
alejada de los convencionalismos sociales.
No cabría la menor duda, aquella mañana de
junio era, para el psicólogo, una mañana diferente a todas las mañanas. Tenía
ante su vista un nuevo mundo, un mundo sin complicaciones, un mundo donde la luz esperanzadora brotaba a raudales
y la palabra diáfana y optimista de aquella noble señora, la hacían parecer
rectora del destino de aquel enjambre de niños minusválidos, con el derecho
indiscutible de haber sido creados, también, a imagen y semejanza del eterno
Hacedor.
La música de arpas acompañadas de guitarras y
mandolinas, desprendía notas armoniosas que operaban el milagro de convertir a
aquel extraño lugar en algo sublime y angelical, y tenía el poder de
transformar al hombre en niño y al niño, en mágico creador de cosas inauditas.
-Hoy es un día especial, mi buen amigo – dijo
la anciana y agregó: es un día de competencias, tanto físicas como
intelectuales; pronto comenzará el acto
inaugural de los juegos y te llevaré al estadio para que los disfrutes y espero que te agraden.
-Desde luego señora. Además, yo soy parte
interesada. Nuevas experiencias. Nuevas formas de aprendizaje y lo que es
esencial, conocer el distinto y novedoso
método de enseñanza.
-¡Perfecto!
Bien dicho muchacho, te felicito, eres un magnífico observador –
lisonjeó la anciana.
De pronto, un tropel de niños en sus pequeñas
sillas de ruedas, en escuadrón soberbio, iniciaba el desfile olímpico. El
graderío del estadio estaba repleto de espectadores y las hurgas, los cantos de
aliento para los posibles triunfadores, los banderines y globos multicolores y
el blanco agitar de los pañuelos, era una sola expresión vehemente plasmada en
aquella maravillosa mañana de junio.
Las trompetas sonaron, sonaron a la manera de
ellos, distintas también a todas las trompetas y las competencias se iniciaron.
-¡Fabuloso! ¡Excelso! ¡Unico! - gritaba entusiasmado
el psicólogo.
-¿ Te gusta? - interrumpió la señora.
-Mucho, es la realización del minusválido.
-¿Cómo dices?
-La realización de los minusválidos – rectificó
Atanasio.
-¡No!
Sinceramente te equivocas – increpó la anciana – aquí se desconoce esa
palabra, hace mucho tiempo fue sustituida por otra mucho mejor, por otra que
realmente los hace sentirse útiles ante los demás. Esa palabra es
Minuscreadores que es diferente ¿Comprendes ahora?
-Pero hace un momento usted me dijo que este
era el país de los minusválidos ¿No es cierto?
-Desde luego, no lo niego, pero fue
únicamente para ubicarte en un ambiente parecido al vuestro, pero diferente al nuestro en la forma de aplicar
la Psicología y hacerte comprender, que
en la tierra, si no se supera la etapa
de la lástima, es difícil perfeccionar la rehabilitación.
-Tiene usted
razón, no la hemos superado – balbuceó cabizbajo Atanasio reconociendo la
amarga verdad
-Lo lamento, sinceramente lo lamento, no
debería haberte dicho esas cosas – se disculpó la anciana observando a los
niños que llevaban la delantera en la carrera de sillas.
-Pero mi señora, si no hay nada que disculpar,
lo dicho es la verdad, somos nosotros los humanos los culpables de no saber
aplicar los magníficos tratados del alma.
-Totalmente de acuerdo y
cuando la humanidad, aparentemente normal, los haga participar en su mentada sociedad, y cuando
esa sociedad reconozca su minuspoder creador, entonces la tierra podrá
convertirse en un verdadero lugar para
el amor.
-Es usted excepcional señora, perfecta, digna
representante de la naturaleza, de nuestra especie y de Dios – concluyó
Atanasio poniendo en cada una de sus palabras,
todo su hondo sentir.
-Gracias, mi estimado amigo, muchas
gracias; agradezco tu lisonja, es
sincera y muy sentida, como debe ser el
sentimiento humano – luego, recordando algo, Atanasio interrumpió.
-Señora, permítame presentarme: mi nombre es
Atanasio Moto, intento ser psicólogo y como tal, trabajo en un instituto de rehabilitación;
perdone que no lo hiciera en su oportunidad, fue una grave falta de cortesía
que inconscientemente cometí.
La anciana lo miró fijamente a los ojos, sonrió
levemente y después de tomar sus manos, respondió:
-No te preocupes hijo, por tus impulsos
emotivos, desde que tú llegaste, comprendí que eres psicólogo y para tu
satisfacción, un magnífico psicólogo.
-Gracias, pero usted ¿ cómo se llama? –
Preguntó soltando las suaves y sonrosadas manos de la extraordinaria mujer que
a su edad, entre sesenta y setenta años, lucía elegante sentada en su cómoda
silla de ruedas.
La anciana, diplomáticamente esquivó la
pregunta y llevándolo al siguiente estadio, le dijo:
-Mira, esa es la competencia del intelecto, se
realiza sobre un tablero de ajedrez gigante, donde las piezas de marfil han
sido sustituidas por niños. Observa, el alfil negro amenaza dar mate ¿Te gusta
el ajedrez?
-Mucho y definitivamente existe la posibilidad
de mate, sin embargo la defensa de los caballos blancos está muy bien plantada,
dudo que el alfil lo logre – y volviendo a la señora, concluyó – al ajedrez la
considero el método eficaz para el estudio de la Psicología, los caballos
negros los considero el alma apetitiva, los caballos blancos el alma intuitiva
y a los reyes las aurigas ¿No cree, mi señora, que ahí está resumida la esencia
de la Psiquis y el Logos?
-Desde luego, ingeniosa tu apreciación. Eso me
recuerda la definición que diera del alma o animo uno de los antiguos filósofos de la tierra, al dirigirse a sus
alumnos en aquel banquete o Simposium, cuando éstos le preguntaron el
significado de Psiquis.
-¿ Y que opina de esa respuesta?
-Mas o menos aceptable, al fin y al cabo es el
tratado del alma si respetamos sus raíces:
Psiquis = Alma y Logos = Tratado.
La anciana dio la impresión de no querer profundizar
sobre lo que realmente dominaba, y para evitar posibles preguntas, sutilmente
evadió el tema y optó por responderle al psicólogo el deseo de conocer su nombre, ya que en su oportunidad había
esquivado su pregunta.
-Atanasio ¿Y de veras te interesa mi nombre?
-Desde luego mi señora, para no olvidarla
nunca. Sinceramente creí que no me lo
quería decir y por ello no insistí en volvérselo a preguntar.
-Pues bien Atanasio, complaceré tu deseo, mi
nombre es PSICOLOGIA y estoy para servirte. ¡Eh! Muchacho, muchacho, que té
pasa, que té pasa – gritó desesperada la anciana señora, totalmente sorprendida
por el repentino desmayo de su amigo visitante, un hombre blanco y robusto
relativamente joven, pues prácticamente rondaba los treinticinco o cuarenta años de edad.
Atanasio Moto había caído en un torbellino y
todo fue obscuridad, silencio, niebla,
confusión y luego, una reacción total:
-¡Qué pasa! ¿Dónde estoy? – Gritó
asustado desde la cama y Mercedes, su ama de llaves, una mujer cincuentona pero
muy bien conservada, a los gritos entró presurosa al dormitorio.
-Cálmese mi señor, no pasa nada, a lo
mejor todo ha sido un sueño, además hoy es domingo, puede tomar el desayuno en
la cama o seguir durmiendo si lo prefiere.
- ¡ Bah! Seguir durmiendo – contestó
rápidamente y luego concluyó:
-¿Y mi hijo?
-No se preocupe, él tomará parte en el
desfile de las olimpiadas que se iniciarán hoy por la tarde, tiene tiempo de
sobra.
La noble mujer que atendía al psicólogo y
a su pequeño hijo, en proceso de rehabilitación, subió un poco la cortina de la
ventana para dejar pasar un leve rayo de sol y luego salió de la habitación sin
pronunciar palabra.
-El reloj marcó las ocho de la mañana y
Atanasio, después de verlo de reojo, se tumbó de nuevo en la cama sorprendido
de ese sueño maravilloso y fugaz y pensando en una palabra, hilvanó una frase
de satisfacción:
-¡Psicología! ¡Psicología!
Si pudiera conversar contigo nuevamente, musitó para sí mismo y se
quedó, por segunda vez, profundamente dormido.
sábado, 25 de agosto de 2012
NOCHEBUENA EN LA LUNA ....... HISTORIAS DE UN GRAN ESCRITOR
HOMENAJE A LA MEMORIA DE MI PADRE ... UN GRAN ESCRITOR.... " CESAR AUGUSTO BARRIOS."
ESTOS SON SUS HISTORIAS, TRIUNFOS Y VIVENCIAS....
NOCHEBUENA EN LA LUNA
N O T A
Por unanimidad del jurado calificador, este
cuento obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de Navidad patrocinado
por la Prensa Gráfica, en diciembre de 1969. Fue publicado en la edición del 25
de diciembre de ese mismo año.
El jurado
calificador fue integrado por los escritores nacionales siguientes: Dr.Jorge
Vitelio Luna, doña Emma Posada de Morán y profesor Jorge Lardé y Larín.
NOCHEBUENA EN LA LUNA
Los
relojes marcaban las cinco de la tarde. Era 24 de diciembre y al igual que
otros años, la ciudad de San Salvador dejaba sentir el inicio de un clásico
entusiasmo que contagia.
Otro 24 de diciembre en la vida de Natividad
García, que tomó cauces de mucha alegría desde el instante aquel, en que la
pagadora de la oficina le entregó un
salario sin ningún descuento.
Por fin, libre de deudas – pensó – si acaso uno
que otro compromiso insignificante que
se podía solventar de inmediato,
pero realmente no ameritaba tal actitud.
Se despidió de sus compañeros de trabajo con el
tradicional ¡Felices Pascuas! y caminó
por aquellas calles bullangueras olorosas a pólvora quemada, adornadas con
artísticas pascuas rojas salpicadas por
nieve artificial.
Natividad García era, a no dudarlo, un hombre
feliz, y en su mente resonaban las minúsculas vocecitas de sus dos pequeños
hijos, pidiéndole a Santa Claus todo aquello que puede ser posible en la
imaginación fecunda de los niños.
No vaciló en ningún momento en visitar las
vitrinas de los almacenes y hacia ellas
se encaminó. Observó una y otra y al encontrar
los juguetes que buscaba, sus ojos se fueron deteniendo en cada uno de
los que ahí se exhibían y los cuales le evocaban a cada instante, las épocas
pretéritas de su infancia.
Luego clavó sus ojos en un pequeño juguete que
no era más que la réplica a escala del Apolo Doce, fabricado por los °gringos°
El juguete estaba muy bien ubicado en aquel
rincón de la vitrina. Indudablemente manos femeninas lo habían adornado de tal
manera, que el menudo artefacto de hojalata
daba la impresión de ir en pleno vuelo hacia la Luna.
Natividad García lo miró fijamente y paso a pasito, fue dando rienda
suelta a su imaginación ...
El Apolo Doce era ahora aquel animal de acero
presto a zarpar hacia el infinito y sin pronunciar palabra, Natividad corrió hacia él; abrió bruscamente la puerta
y penetró un tanto cansado. Los motores se encendieron de inmediato iluminando
totalmente la plataforma y el coloso
empezó a rasgar con su rugido y su
fuego, la oscuridad de la noche.
En pleno vuelo Natividad observaba aquel
espectáculo maravilloso, la tierra se le escapaba de los ojos y poco a poco se
iba achicando hasta quedar, en la
lejanía, como una bola verdiazul que iluminaba el negro infinito.
De pronto apareció la tranquila masa selenita y
la cápsula espacial entró en órbita lunar. Dio una, dos, quizá tres vueltas a
su alrededor hasta que desprendió la
pequeña navecilla que en forma perfecta
alunizó.
Natividad bajó y después de cerciorarse de la
seguridad que podría brindarle el arenoso suelo de la Luna, comenzó a caminar.
-Es raro, distinto, no hay vegetación; este
debe ser el Mar de la Tranquilidad que tanto se ha mencionado. – Así hablaba
Natividad García, para sí mismo, cuando de pronto una voz femenina lo distrajo.
-Oye, terrícola, ¿qué quieres?
-¡Oh! Usted, señora; bueno, realmente no lo sé.
-Tienes razón, no contestes nada. Los
terrícolas así son, nunca saben lo que realmente quieren.
-Pero señora ...
-No, calla, no digas nada. Yo sé tanto de
ustedes... tanto como para asegurar que allá en la tierra, los rotativos
anuncian a grandes titulares el descenso perfecto en mi suelo de esa nave
insignificante, que cuesta millones y más que eso, representa el esfuerzo total de la sabiduría humana; posiblemente innecesario, posiblemente útil a la
humanidad.
-Señora, ¿Quién es usted y qué hace aquí tan
sola? – Interrumpió García.
-Te equivocas – respondió la señora – mi nombre
es °Luna° y no estoy tan sola como tú
crees. Ven, te mostraré mi mundo que jamás hombre alguno, antes que tú, ha
osado ver.
La anciana alargó su blanquecina mano y asido
de ella, Natividad García caminó firmemente. Penetraron sigilosamente por uno de los cráteres y a medida que
avanzaban, llegaba a los oídos de Natividad las armoniosas voces de mujeres y
niños que entonaban cánticos propios de nochebuena.
Por fin llegaron y cual fue la sorpresa de García, cuando ante sus ojos apareció un
palacio moderadamente decorado. El portón se abrió automáticamente y caminaron
por los brillantes pisos de los amplios corredores de aquel palacio, en donde
todo era alegría y fiesta de colores.
Siguieron caminando y observó cómo tres bellas
mujeres se aferraban a los preparativos de nochebuena y como, en un salón
silencioso, una rubia mujer se mantenía en actitud meditabunda, observando a través de un enorme
telescopio que desde el fondo de aquel palacio subterráneo salía su lente a la
superficie lunar.
-Doña Luna, todo esto me confunde ¡es
increíble!
-Ciertamente García, tiene que parecerte
increíble – respondió la anciana.
-Dígame, ¿esas hermosas señoritas son sus
hijas?
-Sí, son mis hijas. Ellas son las que alientan el crecimiento vegetal de la
tierra, las que intervienen en el proceso evolutivo de los seres – confirmó la
anciana, y agregó – Estas cosas nadie las puede comprender y sin embargo son ciertas .Estas hijas mías, allá en la tierra,
las conocen como Fases de la Luna.
-Son hermosísimas; pero y esa señorita, ¿qué
hace tan pensativa en un día como este? – Repreguntó García refiriéndose a la
que se encontraba en aquel cuarto estudio
-Bien, ella es °Luna Llena°, en estos momentos
engalana a vuestro planeta. ¿Quieres
observar tú también? – Ofreció la anciana.
-Desde luego que sí, doña Luna, si usted lo permite.
-Ven García, ahora verás la verdad de la Madre
Tierra.
Ambos se dirigieron al inmenso salón y la
anciana colocó a Natividad ante otro gran telescopio que ahí se encontraba.
- ¿Qué observas? – preguntó la señora.
-A la tierra – respondió Natividad – es tan
bella que bien pudiera decirse es una preciosa bolita de cristal, como esas que
se ponen de adorno en los arboltos de nochebuena.
-Sí, su luz es refulgente y su presencia en el
infinito es majestuosa. Pero regula el telescopio, para que puedas observar lo
que realmente pasa en su interior. ¡Vámos hombre! ¿Tienes miedo?
-No doña Luna, no tengo miedo, ahora mismo lo
haré.
Natividad ajustó el aparato y sus ojos
empezaron a escudriñar la tierra, de pronto respondió:
-¡No! No puede ser.
-¿Te asombras?
-Sí, realmente estoy perplejo.
-Pues no te asombres, esa es la Tierra; siempre
ha sido así después de que los hombres se creyeron poderosos. Han vivido en constante zozobra, las naciones se
odian unas a otras y aparentan una
hermandad que no existe, que nunca ha existido. ¡Mira! Allá, dos potencias
aferradas a seguir violando mis entrañas; derrochando millones para
conseguirlo, mientras dejan que los pueblos mueran paulatinamente de hambre.
Tienes ante ti el espectáculo de los siglos; las naciones enfrascadas en
guerras inútiles donde el odio y la venganza imperan, precipitando a la
humanidad a un caos económico funesto. – Concluyó doña Luna un tanto emocionada.
-Ciertamente, doña Luna, los hombres sedientos
de poder, de riquezas, se olvidan también de celebrar el contenido real, de lo
que será siempre la nochebuena.
-Sí, García, lejos va quedando ese contenido;
lejos está el mensaje de amor, de paz, de concordia.
-Sí, doña Luna, lejos va quedando – contestó
García enjugando una furtiva lágrima.
-Vamos García, ya no té quito más tiempo; hoy
es nochebuena y tú tienes que estar en tu mundo, aquí en la Luna la Navidad es
menos bullanguera, quizá más apegada a lo místico. Vuelve a tu nave espacial
García y trata de hacer feliz a los que te rodean, ellos te necesitan.
Natividad García no tuvo tiempo para
despedirse, corrió hacia la pequeña nave que lo llevaría a la enorme cápsula
para emprender el retorno, mientras en la tierra, los relojes marcaban las
siete de la noche.
-Señor, señor ¿me compra La Prensa Gráfica? –
Era la pequeña vocecita de un niño que sacaba a Natividad de un mundo de
fantasía, para tornarlo a la realidad.
-¿La Prensa Gráfica? ¡Claro cipote! Aquí
tienes.
Decidido entró al almacén, compró los juguetes
e inclusive el pequeño cohete de hojalata. Al salir alzó sus ojos al cielo y al ver al hermoso satélite, dijo:
-Desde luego que no contaré nada a nadie, me
creerían loco de remate. ¡Felices Pascuas doña Luna, Felices Pascuas!
Y por las capitalinas calles abigarradas,
camina solemnemente la alegría vestida de Luna.
EN EL PUEBLO DE SUS QUINCE AÑOS........ HISTORIAS DE UN GRAN ESCRITOR
HOMENAJE A LA MEMORIA DE MI PADRE ... UN GRAN ESCRITOR.... " CESAR AUGUSTO BARRIOS."
ESTOS SON SUS HISTORIAS, TRIUNFOS Y VIVENCIAS....
EN EL PUEBLO
DE SUS QUINCE AÑOS
N
O T A
Este cuento fue redactado en primera persona y dedicado a mis tres hijas para que ellas puedan recordar, en un
momento dado, las penurias que tuvieron que soportar, en la plenitud de sus
años juveniles, dejadas por la fuerza destructora del terremoto del 10 de
octubre de 1986.
El Autor
EN EL PUEBLO
DE SUS QUINCE AÑOS
Habían transcurrido
tres años de aquel fatídico terremoto del 10 de octubre de 1986. En el pueblo,
algunas de las casas totalmente destruidas habían sido reconstruidas y la vida,
prácticamente continuaba como si nada hubiera pasado. Sin embargo, un peligro
constante azotaba al pueblo y era la mentada guerra que estaba en su apogeo.
Para bien o para mal muchos opinaban de diferentes maneras: unos decían que era
una total estupidez producto de mentes desquiciadas ansiosas de alcanzar el
poder para saquear las arcas nacionales y otros, en cambio, manifestaban su
apoyo a la guerrilla porque consideraban que al ganar, se iban a quitar de
encima la siniestra sombra del
militarismo opresor.
Un buen día,
aparentemente tranquilo de principios de octubre, Luisina se encontraba
observando la profundidad del pozo de la finca y poco a poco, con una furtiva
lágrima en sus ojos, fueron apareciendo escenas de aquellos días en que su vida
era color de rosa.
Sin quererlo ella pero deseándolo su inconsciente, comenzó a platicar
en voz baja y cuyo eco, apenas perceptible, se perdió entre aquel paraje lleno
de bambúes, mangos y caimitos. El reloj marcaba las diez de la mañana.
Luisina es mi nombre, se dijo, claro que mis progenitores no me
preguntaron si me gustaba o no. De todas maneras les hubiera contestado que sí
me gustaba. Y realmente me gusta, es un nombre que ha dado motivos para
discusiones. Unos aseguran que es ridículo, otros que no es nada común y otros,
con mucha temeridad, que fue la puritita gana de mis padres de que mi nombre
los hiciera famosos como ilustres y originales, por supuesto que dentro del
medio ambiente en que se desenvolvían. ¡Vaya vanidad!
Durante el tiempo
que llevo corrido, no recuerdo haberles dado ningún fuerte dolor de cabeza. Si
lo tuvieron fue por otras causas, por ejemplo la situación económica, la
galopante alza de los precios, las injusticias que cometen los poderosos y
otras cosillas que erizan los pelos.
Confieso que tengo 18 años cabalitos, ni un día más, ni un día menos.
Recuerdo mi vida sin problemas desde que tenía cinco hasta los catorce. También
es cierto que desde que nací hasta los cinco, honestamente, no recuerdo ni
pizca.
Tierra de recuerdos
la de mis quince octubres, en la que aprendí a jugar con muñecas de trapo y
jarritos de barro cocido, de esos que fabrican manos expertas en Ilobasco.
Estos son recuerdos de niña: la casona de bahareque con amplios
corredores, macetas con flores diversas por todos lados y en el patio, el
limonero cargado de azahares y frutos verdegueantes.
Y el pozo de la finca –manantial
subterráneo- nos daba la oportunidad a mis hermanas y a mí (la seca leche), de
hacer ejercicio todas las mañanas al mover °a puras cachas° el pesado torno de
hierro, para llenar los barriles con su agua cristalina. Con esa agua también
nos bañábamos todas con tapa rabos medio cortos y estrechos, sin temor de que
nadie nos °capeara°.
Los platos de peltre en desuso le servían a mi madre para ponerles
maicillo a las gallinas, el sobrante lo comían los pájaros.
Belleza de patio al cundirse de pájaros de varias especies, de lindos
plumajes y estilos. Mi madre siempre decía:
-Mirá, cipota del diablo, arreá a las °guacalchías°, son ladronas, no
las dejen que se acostumbren a entrar en
la casa. ¡Espántenlas!
Y tenía razón, ellas eran ladronas. Una vez se le perdió un anillo de
oro, claro que no fue el matrimonial, ese lo lleva siempre pegado al dedo
anular. Lo buscamos todo un santo día y nada, hasta que mi padre lo encontró
por casualidad en uno de los nidos de las mentadas °guacalchías° y de ahí para
adelante, las pobrecitas, no tuvieron cabida en el patio de la casa. Desde
luego que daban lástima, pero, la verdad es que eran ladronas. Con otros
pájaros mi madre era diferente y daba gusto oirla conversar con ellos. Todas
las mañanas solía llegar y posarse en el limonero, con estilo aristocrático, un
hermoso °torogoz°, mi madre amorosamente le hablaba:
.!Qué muchachón más hermoso!
¿Enséñeme su plumaje? No sea huraño, enséñemelo por favor... ¡Qué bonita
su colita! ¿Por qué es tan bello?
¡Vámos! cante, quiero oirlo ... cante.
El bendito pájaro
coqueteaba entre las ramas y cantaba: °torogoz, torogoz° y luego salía volando
para cazar un apetitoso gusano localizado desde lo más alto del limonero.
El pueblo en que seguimos viviendo es humilde, ajeno a los
convencionalismos sociales, y después de mis quince años sigue siendo humilde y
pobre. Mi pueblo cree en todas las supersticiones habidas y por haber (no pasar por debajo de una escalera, no
pisarle la cola a un gato, no escuchar
por las noches el canto del °tecolote° ni mucho menos, al amanecer, el canto de
la °aurora°; todo eso trae mala suerte) por eso aprendí a ser temerosa y
recatada, ¡bendito pueblo el de mis quince años!
Cuscatancingo es pueblo indio –rebelde con causa- de legítima estirpe
pipil y en la plenitud de este siglo XX, sigue en el tiempo con sus
tradiciones. En mi pueblo hay gente de todo tipo: analfabetos y letrados y
también viejitas que le dicen a uno, cuando se enojan, hasta de lo que se va a
morir. Pero no hay °mariguaneros° ni ladrones,°bolitos° sí, los hay en todas
partes, y para conseguir su °alcoholazo° otorgan a los transeuntes títulos a
montón. Ahora ya no como °bachilleres° ni °maistros°, que va; ahora con un
título más halagador:
-Buenos días doctor, ¿no me puede dejar un °boladito°? Licenciado, ¿no
lleva un tostón desocupado que me lo regale? - ¡ Vaya pueblo excepcional!
A Dios gracias mis
abuelas viven todavía, lo único que ahora muy poco hablan y cuando lo hacen, es
porque nosotras le sacamos por cucharadas sus viejos recuerdos. ¡Dios mío! se
han vuelto parcas.
Una de ellas, la que es mi abuela por parte de padre, me contó que aquí
en Cuscatancingo y esto hace muchos años
– se pueden imaginar – el mal de ojo lo curaban con el °hunto sin sal° y con °infundia de gallina° a los niños tosigosos. Cuenta también que sacaban el aire
del cuerpo con °dientes de ajo° y con hojas de °salvia santa° y curaban la
diarrea, con semillas de °cuagulote°. Al fuego de la boca le decían °postemilla°
y lo curaban con°leche de tempate°. Las
picadas de alacrán con °magalla de tabaco° y para quitar las ° cataratas ° con
la miel de los chumelos. ¡Oh! costumbres de mi pueblo – suspiraba mi abuela –
vienen del asiento de la olla.
Mi otra abuela, la materna, era un poco más realista. Estaba próxima a
cumplir mis quince años y ya me trataba como a una mujercita capaz de hacerlo
todo.
-Tenés que aprender
a valerte por ti sola, indizuela; el día
de mañana te vas a casar y no quiero que el marido te enrostre nada. ¿Qué va a
decir de tu familia? ¿Qué fuimos unos ineptos? No, eso si que no, ¿ me
entiendes condenada?. - Realmente era fabulosa aconsejando
No hay duda que ambas añoran sus viejos tiempos; siempre confirman que
cuando tenían mi edad, con un centavo compraban un °majoncho° y con tres, una
canastilla de huevos. Con lujo de detalles y haciendo gala de gran saber, me
decían:
-En este pueblo existían los precios, bajísimos. El dinero era de oro y
de plata y en este sistema, se destacaba el °real°. Por ello, el comercio de
entonces estableció la costumbre de decir: °Real y medio°, °Real y cuartillo°,
°Real y medio y cuartillo° y por ende la °Ración°.
-Bueno abuelas, ¿ y en que consistía ese desbarajuste? – preguntaba un
tanto interesada.
-¡Ah! mi nieta – suspiraban - un real ahora equivale a doce centavos;
real y medio son 18, es decir 12 más 6 centavos y cuartillo, 3 centavitos.
¿Entiendes ahora?.
-Desde luego ¿Y la ración?.
-Bueno, eso quería decir que si tú ibas a mercar a una °pulpería°, con
tres centavos tenías la opción de pedir
una °guaracha° y una °peperecha° y con un centavo, una ración de sal y
otra de azúcar. A eso se le decía °ración° o sea, la mitad de un centavo, así
de simple. ¡Ah! tiempos, nunca más volverán.
Casi siempre mis abuelas terminaban sus recuerdos con una expresión
nada optimista:
-Eso fue ayer, el dinero valía. Ahora no vale nada, nieta, ni la vida.
Y todo por la avaricia, por el desorden, por la poca fe de esta nueva
generación. ¡Vaya si lo decimos nosotras!.
En Cuscatancingo crecí, bajo el
embrujo de su sencillez entre monte y cielo.
-¡Luisina! – gritaba cualquiera de mis abuelas – indizuela necia, no vayas a la finca, ¿ qué no ve que
ya son las doce del medio día y a esta hora pasa el °Judio errante° ?- Bellas
mis abuelas, viviendo su pasado a la luz del octavo decenio del siglo XX.
Eufrosina Cruz era una anciana mujer que ayudaba en los quehaceres de
la casa, de auténtica estirpe pipil, siempre pasaba entonando una canción
mientras hacía el oficio. Canción que según ella, la °Ufro° como le decíamos,
la cantaron sus antepasados en formidable acento °Ulúa°, pero no pasaba de los
siguientes versos:
°Uppi irají yálaka
(En este campo hermoso)
Guásirri gualirat butatáguali
(Donde cantan los pajaritos)
Yorra nananquis dateale
(Existe una jovencita)
Káka tukat enquis culaniquiyú°
(Por quién yo muero)
Ufro es más buena
que el pan, todos los de la casa la queremos como si fuera parte de la familia.
Ella, en las noches de luna llena, nos contaba leyendas fabulosas: °El Justo
Juez°, °La Carreta Chillona°, °El Cura sin Cabeza° y otras que se inventaba:
°El Buey que Habló°, °El Enjambre de las Hormigas Locas° y otras más que nos
entretenía de manera inaudita.
Luego vino para mí la ciudad y el colegio católico con sus monjas muy
buenas y otras amargadas, desquitándose
su amargura con el alumnado, como si nosotras tuviéramos la culpa de los
sinsabores leves o mayúsculos que les pudo haber pasado en su vida.
Las monjas regañonas injertaron en mi infantil cabeza cosas que de
verdad no conocía y las buenas, las que tenían alma de niñas, en la hora del
recreo, recibían nuestra admiración y cariño por celebrar nuestras niñerías.
Sin embargo (siempre dijeron que yo era
muy tupida de cerebro) la forma de impartir las clases me confundía y desesperaba.
Sinceramente les tenía temor y fue por ello que nunca pude figurar en el cuadro
de honor, como magnífica estudiante.
Un buen día habló la directora con mis padres para decirles que de
seguir así, timorata y negligente, iba a perder el año escolar. ¡Claro! eso
significaba hacerles perder a mis padres
mucho dinero, sin embargo fueron indulgentes conmigo al comprender mi
desesperación de niña, quizá muy tímida o muy tonta o muy consentida. Ellos no
discutieron con la superiora –pan pan, vino vino- simplemente me cambiaron de
colegio y esta vez fue para un laico. Aquí la cosa cambió, vi la gloria
abierta, tuve más libertad en mi manera de pensar y por primera vez me sentí
alguien, me sentí °indizuela° como decían mis abuelas. No está de más decir que
fui, entre mis compañeras, una de las mejorcitas, no la mejor. Mis padres
siempre me estimularon cuando les enseñaba la libreta de notas
Confieso que mi madre es una mujer muy amorosa y también muy estricta,
sin pernoctar en los linderos de la ridiculez; mi padre un poco tolerante,
desde luego sin llegar a los extremos. Él, domingo a domingo, se pasaba
escuchando el Fonógrafo del Recuerdo y aunque no nos gustaba, siempre creímos
que también él tenía derecho a divertirse. Un buen día, el bendito programa
dejó de ser transmitido.
A mí me agradaba escuchar las canciones de Enrique y Ana, el cuento del
Mago de Oz°, las travesuras de °Dumbo° y
las tonterías de los °Menudos°. Hoy, en la plenitud de mis 18 años, ya pueden
ser partes del fonógrafo del recuerdo-
Las gentes de mi pueblo son muy devotas, a cualquier santo patrono le
encienden una vela y le piden un montón de cosas. Por el mes de diciembre
celebran la fiesta de la Inmaculada Concepción. Es una fiesta muy alegre y en
la que se destaca el baile de los °historiantes° y otro muy especial conocido
con el nombre de °la loga del diablo°. En esta fiesta abunda el agua dulce o
°chicha°, y la tradicional quema de pólvora consistente en un °castillo° y
°toritos° bien adornados y equipados con innumerables bombas, °buscaniguas° y
escupidores de luces de diferentes colores. Estos artefactos pirotécnicos
ponían la nota de color y alegría en el atrio de la iglesia y daba gusto ver a
la °cipotada° persiguiendo al toro y a
la que le importaba muy poco el salir golpeada o quemada. El que daba lástima
era ver al conductor del toro, pues al final de su faena casi siempre terminaba
medio sordo y medio quemado.
En la casa de la °capitana°, encargada del festejo, toca la banda
pueblerina una música, que para qué les cuento, únicamente le agrada a los que
integran la banda. Por la noche cambia la cosa, pues es coronada por el señor alcalde la Reina de
los Festejos y luego el baile de gala, con música moderna, movida, interpretada
por conjuntos de la capital. Esa sí, vale la pena.
Al mes siguiente, enero, se celebra la del patrón, San Antonio Abad o
del tunquito. A este santo le piden las
gentes para que les cure o les proteja a sus animales. Por ejemplo, que libre a
las gallinas del °soco° y del °accidente°, a los cerdos de la °sarna° y a los
perros de la rabia. También, algunas muchachas mayorcitas, le piden que les
haga aparecer un novio.
Una vez le pedí con mucha devoción que me curara a °Wella°, una
periquita que me había regalado mi padre cuando cumplí mis siete años, y que un
día se la arrebaté a °Lucifer°, el gato negro de la casa, de una muerte segura.
Sin embargo el mentado gato le hirió un ala y desde entonces se sintió cada día
peor. Le pedí tanto al santo que quizá se aburrió de mis ruegos y al día
siguiente, la perica amaneció muerta. Lloré, no lo niego, pero le hice un digno
funeral. A pesar de todo, la festividad de San Antonio sigue siendo igual y lo
maravilloso de su tradición, es ver el baile que ellos denominan el °Baile del
tunco de monte°, muy original,
Ufro cuenta que su hermana Teódula, la tortillera famosa por sus
tortillas de
°maiz nuevo°, se casó con el Tunco° y fue muy feliz.
-Ufro, ¿y eso como diablos fue? – le pregunté uno de tantos días.
-¡Ah! mi niña, la historia es larga, pero bien, te diré lo que
recuerdo. Este San Antonio es muy delicado. Si no se le baila no cura a los
animales. Deveritas que hay que bailarle. Por eso °Tulón° (Gertrudis se
llamaba), año con año tenía la devoción de participar en el baile, en
agradecimiento de que el santo le había curado, cuando él se lo pidió, a su
cansada y vieja yunta de bueyes.
-Al grano Ufro, al grano – la apresuré para saciar mi curiosidad.
-Cálmese mi hija, no apure, despacio que precisa – dijo y continuó – el
baile representa la caza del jabalí.
Bailan varios hombres en pareja disfrazados de señorones y de pintarrajeadas
mujeres; otro, disfrazado de perro y cuya máscara, parece ser la de un lobo
rabioso. El personaje central es el que
se disfraza de °Tunco°, pues en torno a
él gira el baile. La gracia del baile es
su final, cuando matan al tunco y lo descuartizan.
-
¿Y luego?
– pregunté entusiasmada.
- Luego lo reparten ante todos los mirones, con los siguientes
cantares:
°Las
muelas para las que se llamen Manuelas.
La
cola para la señora Bartola.
Las
orejas para todas las viejas.
-
¿ Y Gertrudis?
-
Ese buen hombre se casó con mi hermana
Teódula, desde entonces rompió su
promesa, ya no baila.
-
¿ Y eso?
-
Mi hermana, por celos tontos, lo sentenció...
La muy creída.
-
¿ Qué le dijo?
-
Si me
vuelves hacer de tunco, desgraciado, por San Antonio que te dejo. Después supe
que la muy pícara de mi hermana, le encendía velas al santo para que le diera
de marido a Tule, y vaya que la complació. Pero en fin, fueron felices a su
manera...
En Cuscatancingo, el mes de diciembre es muy helado; hace un frío de los
once mil diablos, así se expresaba mi padre buscando medio enojado su bufanda
que originalmente, no hay duda, tuvo que haber sido de un color azul eléctrico.
La Navidad es celebrada en la casa con la misma devoción de siempre,
pero para mí, siguen siendo las mejores las que compartí con mi familia, antes
de cumplir los quince años.
Para nochebuena se engalanaba la gran casona pueblerina, con diademas
de pascuas rojas salpicadas por nieve
artificial. Al pueblo lo envolvía una tenue neblina y el frío intenso, calaba
hasta los huesos.
En el corredor, el feérico árbol de Navidad iluminado por innumerables bombillos de color. De cuando en
cuando reventábamos cohetes, buscaniguas y estrellitas, calculando que nos
duraran todos los que nos habían comprado, hasta muy entrada la noche. El olor
a pólvora quemada inundaba la casa, poniendo con su fuerte olor azufrado un
toque más, no hay duda, de soberbia felicidad.
En un rincón de la sala, el pesebre esperaba el advenimiento del Niño
Insigne en aquel nacimiento (un pueblo en miniatura) artísticamente preparado
por las manos expertas de mis abuelas.
Y yo, impaciente, con la ilusión bien metida en la cabeza de que al
amanecer, el Niño Dios me traería la muñeca pedida con anticipación, no de
trapo, esa no, sino la otra, esa que estaba de moda, la famosa °Barby°.
Antes de la media noche, mi padre y mi madre brindaban con algunos
vecinos el sabroso °jaibol°, muy bien elaborado por mi padre. Mis abuelas,
admirando en la sala su obra maestra y entre sí comentándola; de cuando en
cuando empinaban el codo paladeando el espumoso y añejo vino tinto.
Eufrosina, estrenando nuevo delantal blanco, preparaba el pavo para la
cena cocinado en oloroso y sabroso recaudo.
Al marcar el viejo reloj de pared las doce de la noche, una explosión
de alegría, distinta a todas las alegrías, erizaba nuestros cuerpos; ¡claro!
era noche de dar y recibir y furtivas lágrimas miraba, en los ojos un tanto
vidriosos, de todos los presentes.
Abrazos y besos a granel, y el
reventar de pólvora enaltecía el grito tradicional: ¡Feliz Navidad,
Feliz Navidad!
En ese instante de fe suprema, mi madre corría con el Niño Dios entre
sus manos, así, peladito, para depositarlo amorosamente en el pesebre entre la mula y el buey de
barro y al fondo, en posición solemne, acomodaba a José y a María. Había nacido
el Rey de los pobres, musitaba la Ufro un tanto nerviosa
°Cadejo°, el fiel perro aguacatero, que contaba en su haber con
extraordinarias victorias libradas en combates – de vida o muerte – con
°tacuazines°, °urones° y °cuzucos°, no se dejó ver durante toda la noche por
temor a los cohetes y prefirió, con sobrada razón perruna, esconderse en lo más
recóndito de la finca con la seguridad plena, eso sí, que al día siguiente
devoraría con °Lucifer°, los despojos del exquisito pavo de nochebuena... Al
día siguiente, todo fue distinto:
-
Mira lo
que me trajo el Niño Dios, estos ganchos de mariposita para el pelo. Yo no le
pedí esto, le pedí una muñeca °Barby° - y bajé la cabeza para ocultar mi
llanto.
-
Vámos mi
hija, cálmese ya – me consolaba la Ufro – el Niño Dios estuvo pobre, yo le aseguro que el próximo año se la va a
traer.
Esa Navidad fue distinta a las
que disfruté después, la vida no se había tornado tan difícil, tan precaria, Por ello, sin embargo, ahora me
pregunto:
-
Si en esa
nochebuena el Niño Dios no me llevó la deseada °Barby°, ¿qué no les llevaría a
los niños muy pobres de mi pueblo?.
El tiempo transcurría veloz y yo iba tomando cauces de señorita. Era
viernes santo en un marzo más caluroso que el fuego, yo frisaba entre los ocho
a nueve años y mis abuelas dispusieron
ir conmigo a ver pasar la procesión de las once
Toda la calle central del pueblo olía a flor de coyol y a incienso
rosa; las cipotas luciendo sus vestidos nuevos de diversos colores y las
°matracas°, instrumentos muy propios para ser sonados en esa festividad,
anunciaban el lento trajinar del Nazareno con su cruz a cuestas.
Vaya menudo susto que llevaron mis abuelas al ver pasar a Jesús vestido con harapos,
aquello era inconcebible, herejía, profanación. Jamás perdonaron al pobre cura,
que en lo profundo de su alma, quería brindarle al pueblo una nueva concepción
sobre el significado, no cabe la menor duda, del martirio y muerte del Mesías.
Detrás de la imagen, un coro de voces decía: Ruega por nosotros, ruega por nosotros.
Claro, esas eran las voces de
las gentes devotas, las que llevaban bien adentro de su ser el temor y la fe a
la divinidad; las otras, la no devotas, esas se iban a las playas a quemar su cuerpo bajo el
caliente sol de marzo. ¡ Vayan cosas! – decían mis abuelas – si no hubiera
gusto, no se vendiera la Jerga.
Un buen día a mi pueblo lo despertó la violencia. En ese amanecer
Cuscatancingo sufrió la embestida de la guerra y el tronar
constante de fusiles y
ametralladoras, nos amedrentó a
todos. ¡Dios mío! El diablo anda suelto, gritaban desesperadas mis abuelas con un temblor de
cuerpo muy pocas veces sentido. Algunos
hombres murieron, así de simple, como cosas, como animales, ignorantes
de la verdadera razón de su hazaña.
-
Muchachas,
escóndanse debajo de las camas, corran, apúrense – gritaba mi madre trancando
todas las puertas.
Era un solo desorden y todos, absolutamente todos, sudamos helado. Las
cuatro o cinco horas de terror parecían una eternidad, algo inaudito. Luego
vino la calma, el pueblo era un enjambre de hormigas locas como decía
Eufrosina, abasteciéndose en las tiendas de artículos de primera necesidad, por
aquello de las dudas. Pasado el susto, con una voz casi llorosa, pregunté:
- Madre ¿porqué los hombres se
destruyen estúpidamente?
No hubo respuesta a mi pregunta y para esquivarla, ella depositó en mi
frente un largo y amoroso beso.
Ese cruel día fue el inicio de la decadencia del pueblo
y de mi familia, todo se encareció y el dinero se volvió una cosa sin
valor. Sin valor porque con él no se podía comprar nada, no alcanzaba a
satisfacer nuestras necesidades primordiales. Así, dentro de estas calamidades
materiales, transcurrió el tiempo por los caminos existenciales
obligándonos a hacer milagros con lo
poco que se tenía. La situación siguió de mal en peor y sin embargo, con mucho
optimismo y atinada lógica, mis abuelas siempre manifestaron que no había mal
que durara cien años, ni cuerpo que lo resistiera.
El tiempo corrió veloz y llegó a mi vida otro octubre, el mes que todo
lo descubre, con sus vientos y atardeceres anaranjados y su olor fresco de
verano.
Un día antes de que yo cumpliera mis quince años, mis quince octubres
inolvidables, Eufrosina amaneció con una rara expresión en su semblante.
- ¿Qué te ocurre, Ufro? – Le pregunté.
- No sé hija, estoy nerviosa. Anoche oí cantar al tecolote, lo oí bien clarito.
- ¡Tonterías! Tonterías Ufro,
tonterías.
-
No mi
hija, no son tonterías. Mis abuelos decían que cuando el tecolote
canta, el indio muere. Es
verdad mi hija, es verdad, siempre sucede.
-
¡Bah! Deja eso y mejor alégrate porque mañana
cumplo quince años, quince años mi viejita. ¡Quince años! – Le dije tomando sus
manos morenas.
-
Está bien
mi hija, está bien, me alegraré – contestó firmemente y así, entre ilusiones y
alegrías, seguí esperando el amanecer de mi inolvidable día.
Por fin amaneció el día de mi cumpleaños, con cielo despejado y
entusiasmo bien marcado. Con sacrificio mis padres me habían comprado un
bellísimo vestido rosado. El festejo se realizaría en familia con un sencillo
almuerzo, dadas las circunstancias económicas, situación que en manera alguna
aminoró nuestro entusiasmo.
La mesa estaba servida, lista para iniciar el almuerzo. De pronto, al
señalar el reloj de pared diez minutos
para las doce del medio día, de aquel terrible 10 de octubre de 1986, un fuerte
temblor de tierra estremeció la casa.
¡Santo Dios! ¡Santo fuerte! Es temblor. ¡Corran! Y perplejos, como pudimos, salimos al patio.
Luego, el fatídico movimiento se calmó unos segundos, todos nosotros estábamos
como petrificados, atónitos, queriendo gritar sin poder gritar, como mudos, con
las caras largas y pálidas.
Un segundo más y otro movimiento mucho más fuerte que el anterior, hizo
que en la tierra se abrieran pequeñas
grietas y dando gritos como loca, me aferré a la cintura de mi madre. El sismo
continuaba con mayor intensidad, parecían horas y eran segundos, la tierra
semejaba ser una ballena enfurecida peleando con las olas del mar y la casa,
antigua y frágil, se sacudía las
tejas como si le estorbaran en cada movimiento terrestre.
El temblor se calmó brevemente,
como queriendo darnos tiempo a respirar y segundos más tarde, emprendió su
tercer movimiento con una furia menos fuerte pero más intensa.
Mis abuelas y la Ufro no resistieron más y se desmayaron en los
precisos momentos en que la estructura
de madera y bahareque de nuestra vieja casa, cedía ante aquel siniestro
movimiento como si hubiera sido construida con las barajas de un fino naipe
americano. ¡Horror! ¡Horror!
Todo lo que se había logrado hacer en muchos años, desaparecía en
segundos. A las doce meridiano, de aquel 10 de octubre, reinaba en
Cuscatancingo la destrucción, las lágrimas y el dolor. La radio anunciaba:
Terremoto en San Salvador. En la
capital, sus mejores edificios se derrumbaron.
El día finalizó con leves temblores y al caer la noche, mi padre
improvisó una tienda de campaña y en ella, poco a poco, se recuperaron mis
abuelas y la Ufro de esa cruel
experiencia.
La luna iluminaba las ruinas
dejadas por el terremoto, yo me acerqué a los escombros de lo que
había sido mi hogar. Allí, debajo del
ripio y pedazos de paredes pintadas de
cal viva, quedaban sepultados mis
mejores días, mis travesuras, mis berrinches, mis necedades de niña consentida,
en fin, mis ilusiones quinceañeras.
Toda esa ruina la vi con un
dolor jamás experimentado, inexplicable, como algo infinitamente doloroso.
Pensé de pronto en el presagio de la Ufro y luego me dije:
-
No, no
puede ser, de aquí para adelante el indio tiene que cantar para que el tecolote
muera.
Esa misma noche y sobre aquellos escombros un leve temblor me asustó, y mirando al cielo
preñado de estrellas y luz de luna
llena, musité una plegaria:
-
Este
dolor de mi pueblo y de los míos ¿será
justo Señor?
Dejando aquellos escombros y cabizbaja, con los ojos un tanto húmedos
por el reciente llanto, me encaminé a la tienda de campaña para esperar, junto
a los míos, un nuevo y distinto amanecer.
De pronto, el grito de una voz familiar sustrajo a Luisina de su
profunda meditación que evocaba, deseándolo ella, un pasado que combinaba días
felices y días de amargas experiencias.
-
Señorita
Luisina, el almuerzo está servido venga por favor.
Era la voz de Eufrosina que esta vez la trataba diferente, porque ya
había notado la transmutación ideal de niña a persona adolescente.
Al llegar a la nueva casa, construida
en el mismo lugar de la anterior, Luisina se llevó una grata sorpresa, pues su
familia le había preparado un pavo cocinado en rico recaudo casero, para
celebrar su nuevo cumpleaños:18 años cabalitos, ni más ni menos. Las abuelas,
en coro dijeron:
-
Así es la
vida indizuela del diablo, unas son de cal y otras son de arena, brindemos por
tu felicidad ¡Salud! - concluyeron empinando el codo.
Mientras tanto, en el patio, Cadejo y Lucifer esperaban impacientes se
les sirvieran los ricos despojos del pavo que trinchaban, con inusitado
entusiasmo, sus queridos y admirados patrones.
Eufrosina en la cocina, como siempre, tarareando la música de sus
antiguas canciones nativas de
indiscutible acento pipil y en la lejanía, apenas se escuchaba el eco de disparos
de fusiles y metrallas que en manera alguna, inquietaban aquella hermosa y
alegre tertulia familiar.
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