HOMENAJE A LA MEMORIA DE MI PADRE ... UN GRAN ESCRITOR.... " CESAR AUGUSTO BARRIOS."
ESTOS SON SUS HISTORIAS, TRIUNFOS Y VIVENCIAS....
UN EXTRAÑO LUGAR
PARA EL AMOR
Atanasio Moto se despertó, aquella mañana
de junio, pensado en nuevas formas psicológicas que brindaran la oportunidad de
hacer de los minusválidos un ejército de niños capaces de valerse por si solos
y lo que fuese más atrevido, obligarlos a sacar de sus cabecitas pletóricas de
ilusiones el método más fácil para que, por milagro o sin milagro, pudieran
satisfacer el caminante anhelo de ser como los demás, como los otros niños que,
asidos de la mano del padre regañón o tolerante, caminen juguetones por las
bullangueras calles del pueblo al caer la tarde de los sábados o por las tibias
mañanas de los domingos alegres del verano.
Atanasio era un magnífico psicólogo, sin
título que lo acreditara como licenciado, pues por razones estrictamente
personales no había podido coronar su
carrera. Sin embargo, el grito de la ciencia lo había hecho poseedor dentro de
su corazón de un extraño lugar para el amor.
En un accidente de tránsito, no por ironías del
destino sino por la culpa irresponsable de los locos del volante, había perdido
a su esposa y su pequeño hijo de escasos
cuatro años, había quedado inválido.
De esto ya hacía tres años, pero el continuo
batallar para dejar en el Instituto de Rehabilitación, donde se encontraba
también su hijo, lo mejor de sus experiencias, había cicatrizado parte de la
herida sufrida por aquel doloroso momento trágico.
Ciertamente
Atanasio Moto había trabajado mucho el
día anterior a esa mañana de junio en que, porque no decirlo, mal despierto y
mal dormido amaneció pensando en nuevas formas de rehabilitación.
El Psicólogo se despertó antes de que el reloj
despertador sonara. Bostezó, hizo un arco con sus brazos, pero un leve y
persistente cansancio lo hizo tumbarse de nuevo en la cama.
El pequeño reloj despertador, sobre la
cercana mesita de noche, marcó las siete de la mañana pero la conjugación de
sueño y cansancio impidió que oyera el rítmico y sordo sonar de la pequeña
campanilla, producido por los siete livianos golpecillos.
Junio es así, frío y opaco, y lloviznas heladas
al amanecer obligan a quedarse un poco más bajo la sabrosura que produce
el calor de las sábanas y las colchas.
Con ese confort, Atanasio Moto experimentó un placentero reposo que en breves
segundos, estaba profundamente dormido.
De pronto, se sintió flotar en el espacio y la
silueta de un extraordinario lugar, muy
suavemente, se le fue clarificando ante su vista. Ahora era un terreno
circundado por arboles frutales, patriarcales abetos y pinos, cedros y caobas
muy bien dispuestos en ringla perfecta. Y la algarabía de los pájaros,
revoloteando entre el ramaje de aquellos robustos y muy bien cuidados arboles,
bañándose con el rocío de la mañana impregnado en el follaje e interpretando
sinfonías jamás escuchadas, saludaba con su ritmo a aquella bella aurora
vestida de blanco.
El lugar contaba con instalaciones
deportivas muy bien dispuestas, casetas de habitación adecuadamente amobladas y
al fondo se erguía un edificio, que más
bien parecía un palacio medioeval.
-¡Buenos días! Bonito día ¿ no cree? – Dijo una señora tras
de él desde una silla de ruedas donde se encontraba sentada. El psicólogo,
totalmente distraído, no sintió su llegada pero sí, oyó su voz.
Atanasio, ante aquella femenina voz,
volvió tras de si su cabeza y sorprendiéndose, no pudo articular palabra, sino
después de haberse recuperado del menudo susto.
-¡Ah! ¡Oh!
perdón, buenos días señora
-¿Te
asusté?
-No, claro
que no; es que estaba distraído admirando este bello lugar.
-Desde
luego, y un amanecer en un extraño lugar
¿No es así? – puntualizó la señora.
-Sí, así es – confirmó el interpelado y
dándose cuenta de inmediato que se encontraba muy lejos de sus lugares acostumbrados, sin vacilar preguntó:
-¿Dónde
estoy? ¿Qué lugar es este?
- Ten Calma, no té impacientes ni te preocupes
ven, acércate, ven – dijo la anciana extendiendo sus blanquecinas manos recién
bautizadas por el rocío de aquella
mañana de junio.
Atanasio Moto lentamente se acercó, tomó
las suaves manos ofrecidas y volvió a preguntar un tanto inquieto:
-¿Dónde
estoy?
El rostro de la anciana fulguró de alegría ante
la presencia del casual visitante que en aquel momento, se encontraba
totalmente extasiado; luego, una sonrisa
de satisfacción por tenerlo y ante los ojos del entusiasta psicólogo, brotó el
amor a la luz del verbo.
-En el país de los Minusválidos. En el
país donde el niño ignora la caridad y los sentimientos lastimeros de los seres
que dicen ser normales. En el país donde el presente de indicativo del verbo
hacer se sabe conjugar: Yo hago, Tú haces, Nosotros hacemos ¿Qué te parece? –
Terminó diciendo la anciana al par que hacía mover la liviana arquitectura de
la alúmina silla de ruedas.
-Estoy perplejo, mi distinguida señora,
sencillamente perplejo ante tanta cosa maravillosa construida con mucho amor,
lo que hace feliz a tanto niño
desvalido. Quiera Dios que todo esto se pueda construir en cualquier rincón de
la Tierra – musitó Atanasio.
-Desde luego que se puede, los terrícolas son entusiastas y muy capaces
de realizar cualquier cosa. Pero tienen un defecto, como es el de prometer
tantas cosas bajo el embrujo de su entusiasmo y luego, bueno, luego una llamarada de tusa y adiós entusiasmo. Es
necesario volverlos a motivar para que hagan realidad la cosa prometida, en
fin, son terrícolas.
El sol comenzaba a rasgar la neblina
mañanera y bajo un rayo de delgada luz, la anciana señora invitó:
-Ven, seguidme – indicó, manejando su
silla de ruedas por un curvilíneo camino pavimentado, circundado de rosas y
claveles. Se detuvo brevemente para luego ofrecer:
-Te mostraré el poder de la voluntad. La
creación desvalida, igualando a la misma creación en seres normales ¿ me
entiendes?
-Desde
luego que la entiendo, es usted extraordinaria ¿Qué más se puede decir?
-Nada,
acabas de decirlo todo, aunque en forma exagerada, pero bien, al fin y al cabo eres un magnífico
terrícola, te felicito
Siguieron caminado y se detuvieron frente
al palacio, y señalando su portón de formas barrocas con su brazo
derecho extendido, dijo:
-Vas a presenciar el milagro de la
psiquis. Abrase el portón ordenó, y como obedeciendo a su mandato, de inmediato
el portón se abrió.
Sorprendentemente, como por arte de
magia, ante los ojos de Atanasio apareció,
en aquellos amplios corredores, un mundo de niños alegres y juguetones, ajeno
al dolor físico; podría decirse, una comunidad sin prejuicios, totalmente
alejada de los convencionalismos sociales.
No cabría la menor duda, aquella mañana de
junio era, para el psicólogo, una mañana diferente a todas las mañanas. Tenía
ante su vista un nuevo mundo, un mundo sin complicaciones, un mundo donde la luz esperanzadora brotaba a raudales
y la palabra diáfana y optimista de aquella noble señora, la hacían parecer
rectora del destino de aquel enjambre de niños minusválidos, con el derecho
indiscutible de haber sido creados, también, a imagen y semejanza del eterno
Hacedor.
La música de arpas acompañadas de guitarras y
mandolinas, desprendía notas armoniosas que operaban el milagro de convertir a
aquel extraño lugar en algo sublime y angelical, y tenía el poder de
transformar al hombre en niño y al niño, en mágico creador de cosas inauditas.
-Hoy es un día especial, mi buen amigo – dijo
la anciana y agregó: es un día de competencias, tanto físicas como
intelectuales; pronto comenzará el acto
inaugural de los juegos y te llevaré al estadio para que los disfrutes y espero que te agraden.
-Desde luego señora. Además, yo soy parte
interesada. Nuevas experiencias. Nuevas formas de aprendizaje y lo que es
esencial, conocer el distinto y novedoso
método de enseñanza.
-¡Perfecto!
Bien dicho muchacho, te felicito, eres un magnífico observador –
lisonjeó la anciana.
De pronto, un tropel de niños en sus pequeñas
sillas de ruedas, en escuadrón soberbio, iniciaba el desfile olímpico. El
graderío del estadio estaba repleto de espectadores y las hurgas, los cantos de
aliento para los posibles triunfadores, los banderines y globos multicolores y
el blanco agitar de los pañuelos, era una sola expresión vehemente plasmada en
aquella maravillosa mañana de junio.
Las trompetas sonaron, sonaron a la manera de
ellos, distintas también a todas las trompetas y las competencias se iniciaron.
-¡Fabuloso! ¡Excelso! ¡Unico! - gritaba entusiasmado
el psicólogo.
-¿ Te gusta? - interrumpió la señora.
-Mucho, es la realización del minusválido.
-¿Cómo dices?
-La realización de los minusválidos – rectificó
Atanasio.
-¡No!
Sinceramente te equivocas – increpó la anciana – aquí se desconoce esa
palabra, hace mucho tiempo fue sustituida por otra mucho mejor, por otra que
realmente los hace sentirse útiles ante los demás. Esa palabra es
Minuscreadores que es diferente ¿Comprendes ahora?
-Pero hace un momento usted me dijo que este
era el país de los minusválidos ¿No es cierto?
-Desde luego, no lo niego, pero fue
únicamente para ubicarte en un ambiente parecido al vuestro, pero diferente al nuestro en la forma de aplicar
la Psicología y hacerte comprender, que
en la tierra, si no se supera la etapa
de la lástima, es difícil perfeccionar la rehabilitación.
-Tiene usted
razón, no la hemos superado – balbuceó cabizbajo Atanasio reconociendo la
amarga verdad
-Lo lamento, sinceramente lo lamento, no
debería haberte dicho esas cosas – se disculpó la anciana observando a los
niños que llevaban la delantera en la carrera de sillas.
-Pero mi señora, si no hay nada que disculpar,
lo dicho es la verdad, somos nosotros los humanos los culpables de no saber
aplicar los magníficos tratados del alma.
-Totalmente de acuerdo y
cuando la humanidad, aparentemente normal, los haga participar en su mentada sociedad, y cuando
esa sociedad reconozca su minuspoder creador, entonces la tierra podrá
convertirse en un verdadero lugar para
el amor.
-Es usted excepcional señora, perfecta, digna
representante de la naturaleza, de nuestra especie y de Dios – concluyó
Atanasio poniendo en cada una de sus palabras,
todo su hondo sentir.
-Gracias, mi estimado amigo, muchas
gracias; agradezco tu lisonja, es
sincera y muy sentida, como debe ser el
sentimiento humano – luego, recordando algo, Atanasio interrumpió.
-Señora, permítame presentarme: mi nombre es
Atanasio Moto, intento ser psicólogo y como tal, trabajo en un instituto de rehabilitación;
perdone que no lo hiciera en su oportunidad, fue una grave falta de cortesía
que inconscientemente cometí.
La anciana lo miró fijamente a los ojos, sonrió
levemente y después de tomar sus manos, respondió:
-No te preocupes hijo, por tus impulsos
emotivos, desde que tú llegaste, comprendí que eres psicólogo y para tu
satisfacción, un magnífico psicólogo.
-Gracias, pero usted ¿ cómo se llama? –
Preguntó soltando las suaves y sonrosadas manos de la extraordinaria mujer que
a su edad, entre sesenta y setenta años, lucía elegante sentada en su cómoda
silla de ruedas.
La anciana, diplomáticamente esquivó la
pregunta y llevándolo al siguiente estadio, le dijo:
-Mira, esa es la competencia del intelecto, se
realiza sobre un tablero de ajedrez gigante, donde las piezas de marfil han
sido sustituidas por niños. Observa, el alfil negro amenaza dar mate ¿Te gusta
el ajedrez?
-Mucho y definitivamente existe la posibilidad
de mate, sin embargo la defensa de los caballos blancos está muy bien plantada,
dudo que el alfil lo logre – y volviendo a la señora, concluyó – al ajedrez la
considero el método eficaz para el estudio de la Psicología, los caballos
negros los considero el alma apetitiva, los caballos blancos el alma intuitiva
y a los reyes las aurigas ¿No cree, mi señora, que ahí está resumida la esencia
de la Psiquis y el Logos?
-Desde luego, ingeniosa tu apreciación. Eso me
recuerda la definición que diera del alma o animo uno de los antiguos filósofos de la tierra, al dirigirse a sus
alumnos en aquel banquete o Simposium, cuando éstos le preguntaron el
significado de Psiquis.
-¿ Y que opina de esa respuesta?
-Mas o menos aceptable, al fin y al cabo es el
tratado del alma si respetamos sus raíces:
Psiquis = Alma y Logos = Tratado.
La anciana dio la impresión de no querer profundizar
sobre lo que realmente dominaba, y para evitar posibles preguntas, sutilmente
evadió el tema y optó por responderle al psicólogo el deseo de conocer su nombre, ya que en su oportunidad había
esquivado su pregunta.
-Atanasio ¿Y de veras te interesa mi nombre?
-Desde luego mi señora, para no olvidarla
nunca. Sinceramente creí que no me lo
quería decir y por ello no insistí en volvérselo a preguntar.
-Pues bien Atanasio, complaceré tu deseo, mi
nombre es PSICOLOGIA y estoy para servirte. ¡Eh! Muchacho, muchacho, que té
pasa, que té pasa – gritó desesperada la anciana señora, totalmente sorprendida
por el repentino desmayo de su amigo visitante, un hombre blanco y robusto
relativamente joven, pues prácticamente rondaba los treinticinco o cuarenta años de edad.
Atanasio Moto había caído en un torbellino y
todo fue obscuridad, silencio, niebla,
confusión y luego, una reacción total:
-¡Qué pasa! ¿Dónde estoy? – Gritó
asustado desde la cama y Mercedes, su ama de llaves, una mujer cincuentona pero
muy bien conservada, a los gritos entró presurosa al dormitorio.
-Cálmese mi señor, no pasa nada, a lo
mejor todo ha sido un sueño, además hoy es domingo, puede tomar el desayuno en
la cama o seguir durmiendo si lo prefiere.
- ¡ Bah! Seguir durmiendo – contestó
rápidamente y luego concluyó:
-¿Y mi hijo?
-No se preocupe, él tomará parte en el
desfile de las olimpiadas que se iniciarán hoy por la tarde, tiene tiempo de
sobra.
La noble mujer que atendía al psicólogo y
a su pequeño hijo, en proceso de rehabilitación, subió un poco la cortina de la
ventana para dejar pasar un leve rayo de sol y luego salió de la habitación sin
pronunciar palabra.
-El reloj marcó las ocho de la mañana y
Atanasio, después de verlo de reojo, se tumbó de nuevo en la cama sorprendido
de ese sueño maravilloso y fugaz y pensando en una palabra, hilvanó una frase
de satisfacción:
-¡Psicología! ¡Psicología!
Si pudiera conversar contigo nuevamente, musitó para sí mismo y se
quedó, por segunda vez, profundamente dormido.